Aisladas en su viejo caserón, madre e hija vivían en un prolongado encierro.
La niña se hizo mujer entre escaleras y silencios, con el único patrimonio de su larga cabellera.
Su madre se la cepillaba todos los días y la recogía en dos trenzas imposibles que, al caer la noche, se deshacían en una cascada de bucles de ébano.
A veces, los niños del pueblo se asomaban a los cristales cubiertos de polvo y juraban haber visto serpientes negras reptando por la casa...
Un día hallaron la puerta abierta y, en el salón, el cadáver de una anciana balanceándose en las vigas del techo. Fue necesaria una escalera para bajarla y un hacha para cortar la cuerda que ataba sus manos.
El barbero la examinó durante largo rato, antes de arrojarla al fuego.
Aún conservaba el aroma del champú infantil.

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