Ella llega siempre de buena mañana, aún con olor a mar y sacudiéndose la arena de los pies.
Me dice que va a empezar por los armarios y yo le dejo hacer...
No me importa que guarde las tristezas en el altillo, que recoloque los sueños o que doble los llantos, pero no puedo evitar echar a correr cuando sacude las sábanas con todos mis fantasmas dentro.
Entonces saca un pañuelo del bolsillo, me lo da y dice que ha ternimado.
Se pone las alas y desaparece hasta la próxima...

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