Algo iba mal.
Aquel paracticante que le iba a inyectar la vacuna contra la gripe se frotaba las manos y le miraba de reojo. Óscar notó que trataba de disimular sus malvadas risotadas e incluso juraría que rápidamente escondió una cruz gamada que llevaba bajo su bata blanca.

- Como le iba diciendo, señor de las SS, que me venía a vacunar contra la gripe, la escarlatina, los días de lluvia, las decepciones, el aburrimiento, la angustia vital, el pánico a abrir la boca, la estupidez, la ingenuidad y los atascos... No me ponga más de dos inyecciones, si puede ser.

- Claro... Siéntese mientras afilo este cuchillo de carnicero con el que no sentirá nada. ¿Quiere también una castración?

- Pues... ¿sería temporal o definitiva?

- Bueno, eso depende de si le vuelve a crecer o no, señor...

- Ya. Bueno, dejémoslo para otro día. Solamente póngame las vacunas y deme unos azotes.

- Muy bien. Quítese ese disfraz y ábrame su alma, que en seguida comenzamos. ¿Me enseña su carnet del partido?

- Creo que no lo he traído. Si sirve este tatuaje o estos lunares...

- Perfecto. Relájese. ¿Le pongo una mordaza...?

Según leen esto, Óscar cree que ha cogido la gripe. Y la escarlatina. Tiene un terrible día de lluvia en lo más profundo de su aburrimiento, pugnan la decepción y la angustia vital por hacerse con su alma y alguien le ha contagiado su pánico a abrir la boca y su estupidez.
Qué ingenuo es... No sabe si concluir que todo este atasco de monstruos de laboratorio se debe a la reacción de las vacunas o a que ese practicante carnicero de la gestapo no le ha inyectado nada.
Quizás si hubiera optado por la castración...

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