En el centro de la mesa una enorme tarta de cumpleaños enfatizaba su soledad.
Ajeno al vacío de la habitación, cumplió, paso por paso, con todo el ritual:
Llenó los platos de aperitivos, los vasos de bebidas con gas y puso servilletas de colores vivos en el centro de la mesa. Para completar el mismo encendió, con lentitud, las treinta velas que adornaban el dulce... Una por cada vez que, desde su nacimiento, la tierra le había visto la espalda al sol.
Con ellas como única iluminación se sentó en la silla que quedaba más cerca del pastel. Cogió aire, cerró los ojos y dejó, sin acuciar a la magia, que su deseo fuera cogiendo fuerzas. Cuando alcanzó la energía suficiente dejó que el aire escapara de su boca.
Sin abrir los ojos supo que la habitación se hallaba completamente a oscuras.
Recostado, dejó que el hechizo cobrara forma, quebrando la soledad; y que, uno por uno, todos sus seres queridos fueran pasando por su memoria, dejándole su regalo.
El recuerdo de todas esas sonrisas fue su tesoro aquel año.
Cuando todos hubieron pasado abrió de nuevo los ojos, guardó la tarta intacta en el frigorífico y, con una sonrisa tranquila, se dirigió hacia la ventana.
Antes de acostarse quería verle la blanca espalda a la luna.
0 Sorbos de té:
Publicar un comentario