Abrió una llorería para que la gente pudiera llorar...
Lo soñó una noche de Agosto y, como él nunca había soñado, no dudó en embarcarse en el negocio de las lágrimas.
Creó una sala para cada tipo de llanto. Una en tonos grises para llorar de alegría, otra, en verde, para llorar de pena; en la amarilla se lloraba por desamor, y en la azul por amor.
Nadie entendió el patrón de colores, pero él jamás dudó: lo había soñado así.
Transcurridas un par de semanas el local se convirtió en todo un éxito. Se puso tan de moda que los fines de semana, después de misa, las señoras mayores comentaran en corrillos sus llantos. En el colegio, a los niños más tímidos y reservados, se les llevaba como actividad extraescolar.
A los dos meses, como si de un sex shop se tratara, se abrió una puerta trasera, muy discreta, que llevaba a una sala reservada para los más vergonzosos...
En poco tiempo, políticos, boxeadores y camioneros fueron, en secreto, su mejor clientela.
Lloradas todas las lágrimas en el interior de esas paredes, al salir a la gente no le quedaba más remedio que ser feliz.
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