Y Dios creó entonces al dinosaurio a su imagen y semejanza.
 Le dotó de garras y colmillos y construyó para él un paraíso en la Tierra.
Después, para que no se sintiera solo, le hizo dormir y, quitándole una escama, creó a la dinosauria. Cuando el primero despertó, Dios contempló satisfecho a la pareja.
 “Podéis alimentaros de todos los frutos del jardín, menos de estos”, advirtió señalando un pequeño manzano.
Y así transcurrieron felizmente los siglos. Pero, un día, la dinosauria encontró a un pequeño y joven cromagnon que arrancaba manzanas del árbol prohibido...
 “Son para preparar sidra”, explicó él, “¿quieres probar?”.

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