Venganza

Somos dos marineros, los únicos supervivientes de nuestro barco, en la barriga de una ballena.
Sus costillas son el techo, sus tripas son la alfombra...
Seguro que no me recuerdas, yo era un niño de tres años y tú un muchacho de dieciocho. Pero yo te recuerdo y te relataré cómo nuestras historias se entrelazan. Supongo que tenemos algo de tiempo...

Entonces tú eras un grumete y un vividor que gastabas todo tu dinero en putas y apuestas. Eso sí, tenías ese aire encantador; sencillo y elegante, que mi viuda madre encontraba tan dulce. Así que te acogió en sus sábanas, todavía cálidas del cuerpo de mi padre, y ahora llenas de suciedad y enfermedad.
Pasó el tiempo y tú demostraste ser un desastre borracho y lleno de deudas, convirtiendo a mi madre en una tísica infeliz para luego desaparecer, dejando únicamente tus deudas del juego como único recuerdo.
Después el juez reclamó nuestra pequeña propiedad y mi pobre madre se volvió loca... Hasta que un día, en primavera, murió. Pero antes, tomé su mano mientras ella, agonizando, gritó:

"Encuéntralo, maniátalo, átalo a un poste y rompe sus dedos en astillas; arrástralo a un agujero hasta que despierte desnudo arañando el techo de su tumba".

Me llevó quince años tragarme todas mis lágrimas entre los golfos de las calles, hasta que un monasterio se compadeció y me contrató para mantener su sacristía limpia. Pero ni una sola vez, en el empleo de estos hombres santos, nunca jamás se me fue de la cabeza la idea de la venganza...
Una noche escuché al sacristán intercambiando unas palabras con un penitente cazador de ballenas.
El capitán de su barco, que encajaba con tu descripción, era conocido por su gratuita crueldad.
Al día siguiente embarqué en un navío y en el silbido del viento casi pude oír:

"Encuéntralo, maniátalo, átalo a un poste y rompe sus dedos en astillas; arrástralo a un agujero hasta que despierte desnudo arañando el techo de su tumba. Hay una cosa que debo decirte, hijo: mientras navegas por el mar, siempre tu madre te cuidará mientras llevas a cabo esta venganza."

Y aquella fatídica noche te tuvimos a vista, después de veinte meses en el mar. ¡Tu barco frente al nuestro! Yo limpiaba mis mosquetes cuando vino este estruendo desde las profundidades...
El océano se agitó, el cielo se volvió negro y el capitán temblaba. Y ante nosotros surgió la furiosa mandíbula de una ballena gigante...
No sé cómo sobreviví, pues toda la tripulación fue masticada viva... Supongo que debí colarme entre sus dientes. Pero, ¡oh, la providencia! ¡Qué divina inteligencia! Que tú sobrevivieras al igual que yo...
Da a mi corazón un gran placer ver tus ojos llenos de miedo.... Así que acércate y te susurraré las últimas palabras que oirás.

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