Nunca le han gustado las barreras.
En cuanto aprendió a gatear, el salón de casa se le quedó pequeño y no hubo rincón que no explorara.
Fue ponerse de pie y descubrir el mundo de las alturas: no había armario, cajón o encimera que se le resistiera.
Y cuando llegó a alcanzar la manilla de las puertas... entonces llegaron las normas.
Primero no podía salir de casa sin permiso. Después su límite fue la verja del jardín, con cuidado de no caer en la piscina...
Unos días venían sus amigos y otros era él el que los visitaba.
Cuando en navidad les regalaron las bicis se lo dejaron claro: no podían salir de la urbanización.
Aquel muro se convirtió entonces en un reto y conocer lo que había al otro lado una aventura.
Las obras de casa de Mario se lo pusieron fácil. Aprovecharon un descuido de los obreros para subir por el andamio hasta el tejado.
Una vez arriba miraron al horizonte y permanecieron en silencio.
Aquel día se hicieron mayores de golpe...
Vieron el otro lado del muro y descubrieron la verdad: vivían en un barrio de chalets en una inmensa ciudad de chabolas.
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