Querida Alicia:
El día que tú naciste, allá por el 2084, hacía ya muchos años de la muerte del último conejo blanco que ya nunca llegaría tarde a ninguna parte... Todos sabíamos que ya no quedaban sirenas ni vida en los mares; que para ver un bosque había que ir a un museo y que comerse unos buenos huevos fritos con chorizo de pueblo era solo el recuerdo de otros tiempos.
Era el precio de la evolución... O eso decía la mayoría. Tu abuela nunca lo creyó.
Ella insistió en que tuvieras un nombre de los de antes y no esa combinación de letras y números que tanto se había popularizado.
Además, me hizo prometer que, cuando fueras mayor, te entregaría la caja que guardó media vida bajo su cama.
Te confieso que no pude evitar la curiosidad, ni mi sorpresa al descubrir una colección de semillas cuidadosamente catalogadas y con meticulosas instrucciones.
Desde entonces, cada vez que puedo, visito el Jardín Botánico y, aunque esté prohibido, me guardo en los bolsillos puñados de tierra...
Ahora tienes dos cajas: la de la abuela y la mía.
El futuro está en tus manos.
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