A veces caer a un pozo es sencillo: basta con poner un pie delante del otro y el agujero se abrirá ante ti. Otras, tienes que levantar un poco el pie que avanza, a fin de facilitar el traslado; o trepar incluso por un murete de piedra, colocarte encima y, finalmente, saltar.
Más difícil, sin embargo, puede resultar salir de él... Aunque seguro que hay quien intente sacarte.
Entre ellos estará quien te tire una cuerda, se quede arriba y te acompañe; ya que si consigues treparla o atarte a ella (¡no para colgarte, eh! Que ya hablaríamos de otra cosa...) tendrá que colaborar, también, en el ascenso, en la salida.
Habrá también quien se lance en tu ayuda, para darse cuenta al momento de que ahora sois dos los habitantes del pozo. Y no faltará quien te hable desde arriba, te pregunte, te acose incluso para que salgas, que trepes las piedras que hacen el pozo, que agujerees la tierra para subir, pie sobre pie, mano sobre mano...
A él lo que le gusta es salir cuando no hay nadie arriba, cuando no se le espera; de noche, pues por la mañana siempre regresarán para ver si sigue ahí.
A veces le gusta verles caer...
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