Si no fuera tan trágico resultaría cómico que últimamente se prefiera tener un título a tener conocimientos...
Lo terrible es que demasiados descubren muy tarde las consecuencias de las carencias formativas: cuando un joven llegue a sus 25 o 30 años y se dé cuenta de que ningún título de los que le han regalado sirve para nada más que para adaptarse a las exigencias del mercado laboral y ser emprendedor en la súper-trampa de las empresas para subcontratar falsos autónomos; ya será tarde: habrá perdido su capacidad de aprendizaje.
Si hasta mediados del siglo XX se estudiaba latín y griego desde los 12 años, a finales de ese siglo se hacía a los 15 años y actualmente no se exige ni latín a los estudiantes de filologías, hemos de deducir que no se trata de un cambio inocente o casual: es que no interesa tener una población instruida e inteligente, consciente y responsable de sus capacidades.
La universalización de la educación no es tal, porque siguen siendo unos pocos privilegiados los que realmente tienen acceso a ella. Y ni los propios profesores se dan cuenta de lo que está pasando, sino que repiten a coro con los responsables de la educación que las "letras" no valen para nada y las "matemáticas" para todo, que las actividades extraescolares son prioritarias, que hay que hacer asignaturas divertidas, que hay que usar a toda costa nuevas tecnologías e inglés o chino... ¡Y cada poco tiempo se cambia sin motivo ni recursos económicos todo el sistema!
Y ya son demasiadas las promociones que han sufrido estos experimentos...
En resumen: es realmente fundamental que todos los alumnos estudien Humanidades -¡y muchas!-, porque sin ellas se destruye nuestra civilización y las generaciones venideras tendrán la ingrata tarea de recuperarlas y reprocharnos nuestra desidia...
Y lo harán.
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