La historia de siempre

Cada vez que alguien se lo rompía, recogía con cuidado todos los pedazos de su corazón y se sentaba en un rincón de la cocina a remendarlo pacientemente.
Escogía la aguja con precaución, mirando que no fuese demasiado gruesa, pues dejaba señales; ni demasiado fina, ya que podría quebrarse en dos y causar más dolor del necesario.
Además, el hilo debía ser resistente e invisible, para que no se notasen las hebras que cruzaban de un ventrículo a otro, uniendo en intrincado dibujo el bien más preciado de su vida.
Una vez elegidos los materiales de su costurero, se ponía las gafas, se acercaba a la chimenea para aprovechar el calor, e iniciaba la penosa tarea de recomponer los trozos, antaño hermosos y hoy marchitos, de sus entrañas...

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