Llegaba el verano y las chicas solo tenían ojos para él y para su moto.
Se presentaba en la plaza con una chupa de cuero y la arrogancia de los madriles para enseñarles a todos como se cazaban mariposas.
Pavoneándose, elegía a una de ellas y la montaba a su espalda para dar mil vueltas hacia lo oscuro.
Cuando regresaban, repetía escena con unas y otras.
Y así hasta que cumplió los dieciocho.
Entonces dejó de venir a veranear por aquí. Cambió el pueblo por Ibiza, el cuero por la gasa floreada y renunció a su moto por no querer enmendarse.
Y -¡Ay!- cuántos suspiros se llevó consigo...
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