Una noche, en medio de un fiero vendaval, todos los árboles rugían. Grandes nubarrones se perseguían velozmente por el cielo y se revolcaban entre las estrellas.
La luna todavía no había venido y todo estaba patas arriba...
El aire parecía furioso. ¿Qué le habría pasado a tan dulce criatura para enfadarse así? ¿O sería otra distinta, de la misma raza, pero mucho mayor y de humor y conducta dispares?
Pero además la irritación campeaba por todo el lugar, pues sus habitantes se habían enzarzado en una gran pelea. Los árboles, el viento, las nubes, el río, cada cual reñía con el otro y estaba enfadado con todos los demás. ¿Iban a triunfar la confusión y el desorden?
Pero entonces la luna asomó y empezó a elevarse sobre el horizonte, roja, enorme, de un tamaño nunca visto.
Parecía congestionada, como si también ella estuviera hinchada de ira y protestara del tumulto que la había despertado de su sueño y obligado a sacar la cabeza para ver qué les pasaba a sus hijos. En cuanto los dejaba solos se amotinaban, así que ahora ella tendría que poner otra vez las cosas en su sitio...
Y a medida que subía la luna, el escandaloso viento se iba aquietando y gruñía con menos violencia, los árboles se sosegaban y empezaban a quejarse más bajito, y las nubes no se arremolinaban y perseguían por el cielo tan salvajemente.
Y la luna, como si se sintiera complacida ante la sumisión de un pueblo que tan pronto respondía a su mera presencia, fue empequeñeciéndose a medida que subía por la escalera celeste.
La hinchazón de sus mejillas disminuyó, su tez adquirió una tonalidad más clara y una dulce sonrisa se extendió por su faz, a medida que iba subiendo y subiendo aun ritmo cada vez más apacible.
Pero en su corte reinaban la traición y la revuelta, porque, cuando estaba alcanzando los últimos peldaños de su gran escalera, las nubes se congregaron y, olvidando viejas rencillas, juntaron silenciosamente sus cabezas y se pusieron a conspirar. Luego, de común acuerdo, se mantuvieron al acecho, y en cuanto la luna llegó a rozarlas, se abalanzaron sobre ella y la devoraron.
En seguida empezaron a caer de lo alto gotas de agua, cada vez más aprisa, que caían al suelo suavemente. ¿ Y qué podían ser sino llanto de la luna, lágrimas que derramaba ante el trato cruel que recibía de sus hijos?
A la noche siguiente, la luna seguía allí. Envejecida, desde luego, con mal aspecto y horriblemente mermada, como si todas aquellas fieras del cielo la hubieran estado asestando salvajes mordiscos.
Pero seguía allí, todavía viva y capaz de dar luz...
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