Un puñado de leyendas contadas junto al fuego de la niñez, algunas lecturas furtivas de juventud y otras tantas películas no recomendadas a menores, le habían inyectado un miedo atroz a ser enterrado en vida...
No sabía decir el porqué, pero estaba convencido de que se despertaría encerrado en un ataúd, a dos metros bajo tierra.
Y entonces le venían a la cabeza las tablas rasgadas, las uñas descarnadas, los gritos ahogados, los golpes inútiles.
Consecuentemente, lo preparó todo al detalle, no por si ocurría, sino para cuando ocurriera...
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