Talento Perdido

Cuando era pequeño, a la edad de tres años más o menos, su madre pensaba que era un niño prodigio y que llegaría lejos.
La verdad es que tenía una habilidad asombrosa, realmente fuera de lo común: era capaz de distinguir los caballos de la baraja simplemente viéndoles las patas. Le enseñaban las patas del caballo de oros, ocultándole cuidadosamente el resto del animal y jinete, y él decía sin dudarlo: "caballo de oros". El público aplaudía enfervorecido y a su madre se le saltaban las lágrimas ante semejante talento.
"Caballo de copas", decía él al verle las patas y a su madre se le salía el corazón de su órbita de puro placer cuando comprobaba que efectivamente se trataba de no otro que el de copas.
"¡Qué listo es mi niño!".
Todo el vecindario era consciente de su don y venían con sus barajas, sus caballos de espadas, a que les analizase sus pezuñas.
"El de bastos". "El de oros". "El de espadas".
Su infalibilidad era todo un espectáculo, era el mago de la baraja, todo un pequeño showman.
De vez en cuando, su madre aún recuerda su precoz habilidad.
El otro día se le ocurrió sacar una baraja, y cogiendo a su hijo por sorpresa, le enseñó las patas de un caballo.
No acertó. Su madre ocultó como pudo su decepción.
Nunca más será lo que era: su talento ha pasado. Adiós a los días de gloria.
Ni siquiera puede ganar una partida al tute.

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