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-Nunca hablas de amor. ¿Por qué no hablas de amor? - me dice la mariposa, revoloteando pesadamente alrededor de mi cuello. Es gigantesca. Sus alas son azules deslumbrantes y en ellas está dibujado el mapa de Senegal, a escala 1:5000. La brisa que levanta su aleteo está helada y me produce dolor de garganta.
Quiero responderle que no hablo de amor porque no me da la gana, pero no me salen las palabras. Están atoradas en algún lugar entre el estómago y el esófago y no pueden salir ordenadamente.
-Nunca hablas de amor- insiste el lepidóptero.
Me esfuerzo en replicar, pero cuando consigo articular algo, las palabras que resultan no son las mías, son sólo vagas excusas.
-Sí que hablo de amor- afirmo. -Sólo que lo hago a mi manera. Mi concepto de amor no tiene porqué coincidir con el habitual.
-No hablas de amor- repite la mariposa gigante. -Sólo de sucedáneos. Hablas de impulsos, de precipicios, de hormigueros, de enfermedad, de metepatas, del principio de Arquímedes. Quizás confundas todo eso con el amor, pero no lo es. No has hablado jamás de amor, no verdaderamente.
-Quizás no sepa. Puede que no tenga ni idea de hablar de amor- me defiendo yo, aunque siguen sin ser mis palabras las que utilizo.
-No sé lo que es el amor, nunca lo he conocido, jamás he oído hablar de él.
-Eso no importa- responde el bicho. -Siempre hablas de cosas que no sabes. No hay quien te gane en ello. Tus frases siempre tienen el don de la inoportunidad, saben a mentiras, confirman tu ignorancia en cualquier ámbito. Sin embargo, todo el riesgo de caerse al lado peligroso del ridículo y la estupidez se ve compensado por el caudal de locura, la posibilidad del factor sorpresa y lo que alguien puede llamar postmodernismo. Así que te lo preguntaré una vez más: ¿por qué no hablas de amor?
Malditas mariposas. La indignación me hizo recuperar mis palabras. Las verdaderamente mías.
-¿Por qué demonios habría de hacerlo? ¿POR QUÉ?
-El amor tiene todos los derechos- respondió la mariposa, antes de que su propio aleteo la despertase de su sueño.

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