Cuento

Érase todos los días una princesa encantada que vivía en un sucio apartamento con una nevera vieja, dos siameses y una cama sin dosel -valiente invento.
 No era hermosa ni elegante, pero como todas las princesas hechizadas tenía un don: su mente imaginaba crucigramas imposibles que enviaba a diarios regionales, deportivos, nacionales, en busca del príncipe soñado capaz de averiguar su solución.
Y he aquí que cierto día Ramiro, un cuarentón oficinista miope, medio calvo y un artista en encontrar palabras escondidas, completó de arriba abajo sin trampas y sin errores el crucigrama mágico.
Entonces las letras se movieron cual resorte. Ramiro vio asustado que la tinta reptaba en lentas curvas dibujando la sonrisa de la princesa, sus orejas, su nariz, su faz traviesa. Y al lado de esa cara encantadora los números bailaban señalando el teléfono de tan dulce señora.
Y Ramiro, casado con dos hijos y miedoso, creyendo que un vecino, su suegra, un adivino o cualquiera habíale lanzado un mal de ojo, rasgó en pedazos el papel, suspirando, no sin antes echarle un buen vistazo a aquella chica tan mona, tan simpática, tan lista, que ahora yace ensangrentada en su cocina con el rostro desfigurado y ni una pista para poder vengarse de su amado.

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