Érase todos los días
una princesa encantada
que vivía
en un sucio apartamento
con una nevera vieja, dos siameses
y una cama sin dosel -valiente invento.
No era hermosa
ni elegante,
pero como todas las princesas
hechizadas
tenía un don: su mente imaginaba
crucigramas imposibles
que enviaba a diarios
regionales,
deportivos, nacionales, en busca del príncipe soñado
capaz de averiguar
su solución.
Y he aquí que
cierto día
Ramiro, un cuarentón
oficinista miope, medio calvo y un artista en encontrar palabras
escondidas, completó de arriba abajo sin trampas y sin errores
el crucigrama mágico.
Entonces
las letras se movieron
cual resorte.
Ramiro vio asustado
que la tinta
reptaba en lentas curvas
dibujando la sonrisa de la princesa,
sus orejas, su nariz, su faz traviesa.
Y al lado de esa cara encantadora
los números bailaban
señalando
el teléfono de tan dulce señora.
Y Ramiro, casado con dos hijos
y miedoso,
creyendo que un vecino,
su suegra, un adivino o cualquiera habíale lanzado
un mal de ojo,
rasgó en pedazos el papel,
suspirando, no sin antes
echarle un buen vistazo
a aquella chica
tan mona, tan simpática,
tan lista,
que ahora yace ensangrentada
en su cocina
con el rostro desfigurado
y ni una pista
para poder vengarse
de su amado.
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