Sólo tiene seis años y sus bucles rojizos se agitan mientras corre por el jardín, presa de la risa.
Con sus rodillas manchadas de tierra y las mejillas encendidas tiene la seguridad de que es verdad: los duendes existen. Claro que existen.
Se tiende bajo ese árbol con la respiración entrecortada y una risa nerviosa burbujeando en su garganta.
Cuando ve otra vez esa figurilla minúscula, esa hierba verde que no es hierba, moverse imperceptiblemente piensa que si se acerca bien, podrá distinguir su diminuto rostro arrugado.
Un poco más y la criatura parpadea con sus ojillos de manzana.
Otro poco más y a su nariz de niña asciende el aroma a musgo del ser.
Otro poco más y ahora parece más grande y tiene boca. Una boquita pequeña que se mueve.
La niña se acerca y sus oídos no oyen lo que el duende dice...
Otro poco más y la boquita verde se mueve en silencio.
Un poquito más y la niña ya no es niña, ahora es flor.
Un mordisco más y el duende comienza su almuerzo...
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