Nunca olvidaré aquellos días en que mamá nos llevaba a visitar a la abuela.
Vivía muy lejos del pueblo y, cuando nos acercábamos a su casa, el aroma a azúcar llegaba a nuestras narices tan fuerte que a mi hermano y a mí nos hacía salivar.
Ella nos esperaba en la puerta con una bandeja de dulces y, después de los abrazos, nos servía unas comidas deliciosas.
Al terminar nos enviaba al jardín, mientras ella bajaba las sobras al sótano.
Decía que eran para el perro, pero por más que insistimos nunca nos permitió ver o jugar con el bueno de Hansel.
Me pregunto de qué raza era...
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