El Gordo Mendoza

Igual que lo hacen las ballenas, el gordo Mendoza comienza su cortejo cuando sale al recreo.
La niña rubia no lo ve, inmersa en el vaivén de la comba, pero he aquí que el gordo Mendoza se desliza suavemente entre los futbolistas, salta la rayuela sin tocar la tiza y esquiva los columpios cual cervatillo, mientras todos los testigos de sus derrotas en gimnasia observan sus proezas ojipláticos.
El gordo Mendoza llega a la comba en el momento justo en que, como siempre, la niña rubia tropieza.
Sus brazos fofos sirven de paracaídas. Luego él sonríe, aunque ella jamás le dé las gracias.
El amor, ya saben...

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